martes, 27 de agosto de 2013

ENTREVISTA, JERRY BRUCKHEIMER, PARA SER PRODUCTOR EN HOLLYWOOD, HAY QUE SER UN TIPO DURO./ EL HOMBRE QUE PERDIO SU REINO,.

TÍTULO; ENTREVISTA, JERRY BRUCKHEIMER, PARA SER PRODUCTOR EN HOLLYWOOD, HAY QUE SER UN TIPO DURO.

Entrevista

Jerry Bruckheimer: "Para ser productor en Hollywood, hay que ser un tipo duro"

Jerry Bruckheimer
Es, sencillamente, el productor más exitoso de la historia del cine. Más de once mil millones de dólares recaudados lo avalan. Además de crear 'CSI' para la televisión, está detrás de 'Piratas del Caribe', 'Top gun', 'Black Hawk derribado'... y así hasta 40 taquillazos.
No es casualidad que Jerry Bruckheimer estudiara psicología en la universidad. Nadie mejor que él conoce cómo piensan los espectadores o qué los lleva hasta una butaca de cine.
Tampoco parece fortuito que desde pequeño le gustara organizar y mandar. Con ocho años consiguió patrocinadores y uniformes para su equipo de béisbol. A Mr. Taquillazo, como se lo apodó en los noventa, lo avalan más de 40 títulos y 11.200 millones de dólares de recaudación en todo el mundo. Empezó produciendo películas como Flashdance, Superdetective en Hollywood o Top gun junto con su socio, el productor Don Simpson. Y cuando Simpson falleció, en 1996, Bruckheimer empezó una carrera en solitario que lo ha convertido en uno de los hombres más poderosos de Hollywood. Además de crear la franquicia televisiva CSI, entre sus películas destacan Armageddon, Dos policías rebeldes o Black Hawk derribado. Y entonces Johnny Depp se cruzó en su camino y Piratas del Caribe cambió para siempre la carrera de ambos. Mientras preparan juntos la quinta entrega de las aventuras de Jack Sparrow, Bruckheimer, Depp y el director Gore Verbinski llevan a la gran pantalla a uno de los personajes más icónicos de la cultura norteamericana: El llanero solitario, que ahora se estrena en España.
A sus 67 años, Bruckheimer -cuya fortuna está estimada en 850 millones de dólares- no aparenta la edad que tiene. Mientras charlamos, come con parsimonia una manzana.
XLSemanal. El llanero solitario es todo un icono para su generación. ¿Por qué quiso rescatar este personaje del olvido y dedicarle una película?

Jerry Bruckheimer.
Crecí en Detroit y recuerdo que solía ver la serie de televisión. Efectivamente es un icono, pero lo que más me interesaba de la historia era la búsqueda de la justicia, atrapar a los villanos y todo eso... Ese es un argumento que siempre me atrae. Es una gran aventura, una película de verano, lo que yo quería ver en el cine cuando era un niño. Tiene que entretener y emocionar; eso es todo.
XL. Antes fueron los piratas y ahora los vaqueros. Parece que las viejas fórmulas del éxito no se agotan nunca, ¿no?

J.B.
Sí. Igual que Gore (Verbinski) y yo supimos hace una década que era hora de resucitar las películas de piratas, sabemos que este es el momento de los wésterns. Hay una razón por la que el público disfruta de estos géneros y estos personajes desde hace décadas y sabíamos que, si encontrábamos una forma fresca y emocionante de contar la misma historia, se enamorarían de ellos otra vez.
XL. Usted y Johnny Depp forman un dúo infalible: van a taquillazo por película...

J.B.
No nos ha ido mal, es cierto...
XL. Hay un antes y un después de Piratas del Caribe en la carrera de ambos. ¿Quién le debe más a quién?

J.B.
Yo siempre le deberé más a Johnny de lo que él me debe a mí; eso es seguro. Él crea estos personajes fantásticos y yo me llevo el beneficio económico de su trabajo. ¿Quién más podría hacer eso por mí? Yo creo que nadie.
XL. ¿Qué hace exactamente de Depp la estrella más carismática de Hollywood?

J.B.
Su talento. Es un artista, pero, además, es una gran persona. Se nota, por ejemplo, en cómo trata a sus fans. Firma cada autógrafo y se hace cada foto que le piden. Le lleva horas entrar a un estreno porque atiende amablemente a todo el mundo. Él es así.
XL. Según las cifras de recaudación, es el productor más taquillero de la historia. ¿Qué piensa cuando escucha eso?

J.B.
Me da la impresión de que estás hablando de otra persona. ¿Te refieres a mí? [risas].
XL. Pero se sentirá orgulloso, ¿no?

J.B.
Simplemente, me siento afortunado de hacer lo que hago, pero no me identifico con esa etiqueta en absoluto.
XL. Es usted muy modesto... Si alguien sabe cómo fabricar un taquillazo, es usted. Por algo lo llaman Mr. Taquillazo...

J.B.
Se podría decir que sí, pero lo único que sé hacer en realidad es contratar a gente con talento. Esa es la única fórmula. Es mucho más sencillo de lo que parece.
XL. Una de las personas más influyentes de esta industria es usted, puede que la más poderosa. Pero ¿en qué se traduce eso? ¿Nadie se atreve a decirle que no?

J.B.
El único poder real que tengo es levantarme por las mañanas y pagar cinco 'pavos' por un café. Eso es todo.
XL. Eso es difícil de creer, la verdad.

J.B.
A ver... Supongo que es más fácil para mí 'entrar por la puerta', pero a partir de ahí tienes que enfrentarte a los mismos retos y problemas que todo el mundo. De acuerdo, quizá no a tantos, pero yo sigo teniéndome que pelear por todo constantemente.
XL. Sobre todo en los tiempos que corren. ¿Cuánto ha afectado la crisis a la forma de rodar películas?

J.B.
Creo que en estos momentos las decisiones se están tomando con más pies de plomo que antes. Los estudios intentan garantizar que las películas vayan a ser un exitazo. Y eso puede significar tener a Johnny Depp como protagonista, adaptar una saga literaria o tener a un director famoso al frente.
XL. Hace dos años parecía que el 3D era la respuesta a todos los problemas económicos de esta industria. Ahora parece que la moda se ha desinflado, ¿no?

J.B.
Es genial ver esos filmes, pero la realidad es que son difíciles de hacer. Tienes que sumar otros 25 millones de dólares al presupuesto si quieres rodar en 3D... Y, ahora mismo, la economía lo define todo.
XL. Dice que el secreto de su éxito es el miedo al fracaso. ¿Aún teme estrellarse?

J.B.
Sí, todavía pienso que, si me tropiezo y caigo, se acabó. Me arrollarán, porque siempre hay alguien haciendo cola esperando a quitarte el sitio. Y creo que eso te empuja a superarte. Si nunca estás satisfecho, siempre intentarás lograr la mejor versión posible.
XL. ¿Cuántas páginas de un guion tiene que leer para saber si un proyecto promete?

J.B.
Debes leerlo entero. A no ser que la premisa sea ridícula, has de llegar hasta el final para descubrir si verdaderamente tiene potencial.
XL. ¿Cómo vive el fin de semana del estreno de una de sus películas?

J.B.
Con muchísimos nervios. Empiezan a llamarte a eso de las cinco de la mañana del sábado para darte los primeros números y ver cómo ha ido. Lo que suelo hacer ese fin de semana es ir a los cines donde se proyecta la película para ver cuál es la reacción del público. Me siento en las últimas filas y espero a ver si se ríen donde se supone que tienen que reírse.
XL. Dice que no hace sus películas pensando en los críticos, sino en el público. Pero ¿no le molestan las malas críticas?

J.B.
A todo el mundo le gusta que se escriban opiniones buenas sobre su trabajo, pero yo no puedo controlar eso.
XL. Hay quien lo acusa de hacer entretenimiento escapista...

J.B.
No sé por qué eso tiene que ser malo. Lo que ocurre es que el escapismo es diferente para cada uno. Algunas personas lo buscan en una pequeña película artística, pero jamás se comprarán una entrada para ver Piratas del Caribe porque sienten que están por encima de ese tipo de historias. Pero la realidad es que a las masas les gusta.
XL. Hablando de Piratas... Ya están preparando la quinta entrega. Cuando se produce una saga como esa, ¿cómo sabe cuál es el momento de parar?

J.B.
Te lo dice el público. Dejan de ir a verlas. No necesitas saber más.
XL. Se suele decir que la superabundancia de secuelas, precuelas y remakes es un síntoma de la falta de imaginación de Hollywood. ¿Cree que es una afirmación cierta?

J.B.
Para nada. Las secuelas son garantía de recaudación. Hay casi una fórmula capaz de predecir cuánto dinero logrará una segunda parte. Es lo que llamamos 'aversión al riesgo'. Sabes que vas a arrastrar a un tipo de público determinado al cine.
XL. ¿Por qué decidió dedicarse a esto?

J.B.
Cuando era un niño, me encantaba el cine y quería participar en esa magia que veía en la gran pantalla. Quería descubrir el misterio de cómo se hacen las películas. Fue un camino largo para mí. Empecé desde abajo y fui escalando poco a poco. Nadie empieza a hacer mi trabajo sabiendo exactamente en qué consiste.
XL. Ahora que ya ha descubierto esa magia y que quizá el dinero no sea una motivación, ¿qué es lo que lo mueve?

J.B.
Por una parte, me sigue gustando el proceso de creación, pero también el hecho de entretener a millones de personas en todo el mundo, hacer que su día sea un poco mejor después de haber visto una de mis películas. O esa serie de televisión que les permite olvidarse de las preocupaciones, las facturas y los niños que gritan. Con las cosas horribles que pasan en el mundo, la gente necesita un poco de consuelo. Y ese es mi trabajo.
XL. ¿Por qué los productores tienen tan mala reputación en Hollywood?

J.B.
Creo que tiene que ver con algunos productores del viejo Hollywood y la forma en la que el propio cine nos ha retratado... Pero, en realidad, esto es como el fútbol. ¿Sabes lo que hace el mánager del Real Madrid? Pues eso es lo que hacemos nosotros. Somos los mánager. No somos los dueños del equipo, no somos los entrenadores ni tampoco los jugadores... Nos dedicamos a gestionarlo todo. Ese es nuestro trabajo.
XL. ¿Y para eso hay que ser un tipo duro?

J.B.
Sí, porque como productor debes tomar constantemente decisiones difíciles. Tienes que ser duro.
Factoría Bruckheimer
Flashdance, 1983
Superdetective en Hollywood, 1984
Top Gun, 1986
Dos policías rebeldes, 1995
Armaggedon, 1998
CSI, 2000
Black Hawk Derribado, 2001
Piratas del Caribe, 2003,.

TÍTULO:  EL HOMBRE QUE PERDIO SU REINO,.

SOCIEDAD

El hombre que perdió su reino

El despotismo de Gyanendra provocó la caída de su dinastía y la proclamación de la república en Nepal. Ahora, con 66 años, promete luchar hasta el final para recuperar la corona

Tiene que ser muy duro perder un reino, pero más lo es acceder al trono como lo hizo Gyanendra en Nepal. Fue el 1 de junio de 2001, tras uno de los capítulos más controvertidos de la historia de la monarquía: la masacre de palacio que perpetró el propio príncipe heredero. Oficialmente, en un arrebato de locura y bajo los efectos del alcohol, el hijo de Birendra -el entonces monarca-, empuñó un revólver y, antes de suicidarse, asesinó a sus progenitores y a otros seis miembros de la familia real. Así, el único sucesor restante fue el hermano de Birendra: Gyanendra.
A pesar de que éste no se encontraba en el palacio, los rumores sobre su participación en la matanza le han acechado desde que fue coronado, y nunca ha contado con el favor del pueblo. De hecho, había quienes ni siquiera aceptaban billetes con su efigie y utilizaban únicamente los que llevaban el rostro de Birendra. «Los nepalíes habrían sido capaces de pasar por alto aquel episodio de la masacre, pero no lo que hizo después», apunta Narayan Wagle, editor jefe de uno de los diarios más influyentes del país del Himalaya, el 'Kantipur Daily'. «Él mismo cavó su tumba», sentencia.
No en vano, si los primeros pasos de Gyanendra como rey ya fueron desafortunados, los que siguieron fueron todavía peores. Nada más encasquetarse la corona, en 2002, impidió la formación del gobierno democráticamente elegido, declaró el estado de emergencia, y ordenó una ofensiva militar contra la guerrilla maoísta. «Los días de una monarquía a la que se ve, pero a la que no se escucha, han llegado a su fin», dijo en un discurso.
En febrero de 2005, y con la excusa de acabar de una vez por todas con la guerra civil que se había cobrado ya más de 13.000 vidas, decidió echar por tierra las reformas democráticas que introdujo en 1991 su antecesor en el trono, que abolió el absolutismo, y se erigió en monarca absoluto. Disolvió el Parlamento, tomó las riendas del Ejército, y multiplicó por seis el presupuesto de la Casa Real. Pero el tiro le salió por la culata.
En abril de 2006 comenzó el fin de una dinastía que había reinado durante 240 años, y se plantó la semilla de la actual República de Nepal. La población se echó a las calles como nunca antes había hecho, e incluso los maoístas, considerados terroristas en muchas partes del país y del mundo, entraron en Katmandú por la puerta grande, con el camarada Prachanda consciente de que la victoria no se le podía escapar esta vez. «Los partidos políticos nos pusimos de acuerdo para impulsar reformas, entre ellas nuestra legalización», explicaba a este periódico el número dos de los maoístas, Krishna Bahadur Mahara, en una entrevista. «Decidimos abandonar las armas para entrar en el juego democrático, aunque ello supusiera dejar a un lado nuestro ideal de la república popular comunista». Eso sí, Gyanendra seguía en su diana.
El rey cayó el 28 de mayo de 2008. Tuvo que hacer las maletas en dos semanas y desalojar el palacio. Su corona de rubíes y esmeraldas pasó a ser propiedad del Estado y los billetes dejaron de imprimirse con su adusto gesto, pero se decidió no condenarlo al exilio y permitirle continuar regentando sus negocios, que incluyen un hotel, plantaciones de té, y una fábrica de tabaco.
Ahora, sin embargo, muchos lamentan que no se hubiese empleado mano dura con Gyanendra. Porque su figura ha vuelto a la palestra. De hecho, después de haber visitado India en invierno, este verano se ha embarcado en un viaje por zonas inundadas de su país para llevar 'ayuda humanitaria'. Consciente de que Nepal sigue sumido en una crisis política que le impide culminar el proceso de paz, ha aprovechado también para lanzar sus críticas contra el Gobierno en lo más parecido a un mitin que puede organizar un exrey.
«La historia es testigo de que los países que han abolido la monarquía han colgado, encerrado o exiliado a sus reyes. Ha sido gracias a nuestra magnanimidad que Gyanendra está libre, y ahora conspira contra nosotros», dijo en julio el exprimer ministro maoísta Baburai Bhattarai. «Ha conseguido que una parte de la sociedad comience a creer que la monarquía es un sistema mejor que el actual. Pero en ninguna circunstancia permitiremos que caiga la república», aseguró. Sin embargo, a sus 66 años, Gyanendra promete luchar hasta el final por su corona.
Mal comienzo. Gyanendra nunca tendría que haber sido rey. Pero el príncipe heredero, en uno de los episodios más extraños de la monarquía nepalesa, mató a su antecesor en el trono y a otros seis miembros de su linaje que podrían haber accedido antes que Gyanendra.
Peor final. Decidió revocar la abolición de la monarquía absoluta y erigirse en tirano. Multaba a los medios de comunicación que osaran criticarle. La población se echó a la calle en 2006 y los políticos ordenaron el desalojo del palacio dos años después.

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