jueves, 9 de febrero de 2012

Columpio/ DESIERTO

ColumpioTÍTULO: Columpio





Siempre estuvo ahí.

Desde que la conciencia me legó recuerdos, el árbol del parque sostenía de una de sus ramas las cuerdas que, junto con una simple tabla de madera, formaban ese instrumento de juegos y diversión que todos ansiábamos.
En las tardes de niñez salíamos corriendo de casa, bocadillo en mano y chaqueta a medio poner, con la esperanza de que estuviese vacío para ser los primeros en montar en él, y creer que podíamos casi volar, subiendo y bajando, cada vez más rápido.
La luna, a menudo enorme, grandiosa, como queriendo simular más cercana, parecía mecerse acompañándonos, y soñábamos con poder alcanzarla cuando, tras el último impulso, subíamos a lo más alto.
Pero, juguetona, siempre se nos escapaba.
Incontables golpes contra el pedregoso suelo, moratones, algún que otro lloro, que inevitablemente significaban dejar de lado el columpio por un tiempo. Quizá un rato. O un día. Dos como mucho.
Pues tras cada caída, levantarse era ineludible. Volver a montar, por mucho que escociesen las heridas, irresistible. Pasarlo bien en nuestro pequeño mundo, imprescindible.

Un atardecer de invierno, frío y quejumbroso, de calles vacías y esquinas sombrías, presagiaba un parque desierto.
Un viento venido de lejos movía las ramas de los árboles del camino que, allá en lo alto, bailaban al son de una melodía inaudible.
Y con ellas, a lo lejos, el columpio se mecía al mismo ritmo, pero distinto compás.
Sobre él, una sombra se columpiaba mientras cantaba en voz baja una canción de cuna, alegre en sus recuerdos, triste y melancólica en su tono.
Aguzando el oído, el viento trajo la voz de una muchacha, murmullos que fueron palabras.
Y con el fondo de un cielo estrellado en penumbra, una luna más llena de lo habitual se dejaba rozar por sus pies, mientras el velo de oscuridad se balanceaba ayudado por cada soplo de aire.

Cuando, todavía en el camino al parque, el chasquido de una rama rota cayendo distrajo mi atención, al volver a dirigir la mirada al columpio, éste se mecía vacío, cada vez más lento, con las únicas sombras de la apremiante noche acompañándolo.
Apenas pasó un instante para, confuso, regresar corriendo a casa. Y esa noche soñé, mientras los susurros de una nana, venidos de lejos, muy lejos, chocaban con los cristales de la ventana. Y soñé. Soñé con una mirada, con una voz apagada, de palabras cercanas.

Al día siguiente el viento cesó.
El parque se llenó con los de siempre, pero lo encontraba falto, de algo, de alguien. Y al siguiente, y al otro. Poco después, mis padres me dijeron que nos mudábamos.
Aquello sí que fueron lágrimas.


El día en que el viento volvió, lo hizo solo. Se entretuvo un tiempo meciendo fantasías de un niño, que nunca fueron.
Puede que aquella sombra que un atardecer vi, sola, no fuese otra cosa que la niñez, sabedora del cercano fin, despidiéndose del lugar, de los momentos. Disfrutando de lo que no retorna.
Aun así, en ocasiones, parece que al menor soplo de aire fresco sigue balanceándose, columpiando en sus recuerdos un vacío repleto de nostalgias, una nada prendada de añoranzas, una ausencia colmada de fragancias, de pérdida y olvido.

TÍTULO: Desierto.

Ando por un desierto plagado de dunas, cuyo paisaje se repite indefinidamente hasta más allá de donde alcanza la vista, borrosa por el asfixiante calor que seca incluso las lágrimas todavía no derramadas.
Me fijo un rumbo directo a un punto distante, un camino recto sin rodeos, que me evite dar vueltas y más vueltas. Volver atrás.
Paso a paso, como aprendí hace mucho, avanzo. Son pocos los llanos, barridos por el viento que amontona la arena, llenando cualquier ruta de subidas y bajadas, de tropiezos y caídas. Altibajos.

La sed, siempre presente. Una más de tantas compañías torturadoras, que nos recuerdan a cada momento lo que queremos olvidar. Al menos ella no me abandona.
Cada respiración se convierte en un abrasador jadeo, que penetra en mi interior quemando hasta mi alma, ya chamuscada.
Los pies, descalzos, no sienten dolor. Muchos se cambiarían por ellos si lograsen dejar de sentir. Incluso yo mismo.
Las fuerzas flaquean. La mente, ausente, se deja llevar por algo más que la voluntad. Pero continúa consciente.
En ocasiones basta encontrarse inmerso en una situación crítica para mostrar lo que el desánimo o la pesadumbre ocultan en épocas de placidez. Sigo adelante.

La mirada, perdida, como yo, intenta mentirme mostrándome, lejanas, sombras oscuras. A medida que me aproximo se convierten en árboles, arbustos, al parecer fuera de lugar, pero milagrosamente vivos. Me suenan tales palabras.
Vienen a mi cabeza esperanzas en forma de oasis, pequeños edenes que salpican los inmensos arenales, colocados caprichosamente, como casualidades entre penurias.

Entre tropiezos llego a él, confirmando que no se trata de una ilusión, como tantas otras que hubo y se esfumaron.
Su sombra es un abrazo, el agua recorriendo mi piel una caricia. Beber estando sediento es como escuchar palabras de comprensión en momentos de desesperación, que apaciguan cuanto quema en tu interior. Descanso.

Cae la noche, trayendo consigo el frío, imperturbable incluso aquí, en medio del desierto.
La frialdad, vieja conocida, se aposenta a mi lado, dispuesta a seguirme allá donde vaya. Quizá algún día logre dejarla atrás.
Temblores. No provocados por el miedo, como antaño.
El sueño me vence, ayudado por el cansancio. Aquí no existen noches en vela.

El alma, ya calma, reposa, levitando sobre mi ser, observando lejanas estrellas ya extinguidas, pero cuya luz todavía se deja ver en nuestras retinas, recordándonos que existieron.
Aún así, me duele. Demasiado.


Al poco, un sonido conocido me saca de un profundo sopor, algo cálido recorre mis mejillas, en silencio.
Mis gemidos, ahogados, continúan cuando abro los ojos, llorosos.

Despierto, sediento,
perdido en un desierto
sin granos de arena,
vagando sin rumbo,
divagando sin sentido,
rendido a una condena
que se hace eterna.


 

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