viernes, 30 de noviembre de 2012

Cultura Ang Lee 'El cine es mi religión' / Costa-Gavras: "Todo el cine es político".

'El cine es mi religión':

 El director de 'Brokeback mountain' habla de 'La vida de Pi', su primera incursión en un 3D impregnado de religión y filosofía.

 

El cine es mi religión'

Ang Lee,foto,.
Habla despacio, bajito y en inglés. Tan perfectamente civilizado que se diría que es un auténtico bárbaro. Y en efecto así es. Ang Lee es de Taiwan (lo es desde 1954) y estrena 'La vida de Pi'. Con ella vuelve a demostrar su capacidad para pasar inadvertido. Ninguna de sus películas se parece a la anterior.
Sobre el 'best-seller' de Yann Martel, el responsable de 'Brokeback mountain', 'La tormenta de hielo' o 'Tigre o dragón' compone esta vez una película llamada a ser uno de los acontecimientos del año. Entre la realidad y el sueño, el director ofrece una de las más cuidadas, envolventes, desesperadas y emotivas reflexiones sobre la narración del cine contemporáneo. Y en 3D. Tan arrebatador y tridimensional como suena.
Cuesta trabajo encontrar un punto de contacto entre sus películas. Una de artes marciales, un 'western', una adaptación de Jane Austen... Y ahora una película en 3D que no tiene que ver con nada que se haya hecho antes
También me cuesta a mí. Cada película me atrae por un motivo completamente diferente: unas me llaman la atención por sus posibilidades visuales, otras por la emoción que me produce el guión, y las últimas por su, digamos, punto de vista filosófico. Básicamente, las películas que hago son mi vida. Elegir un proyecto es elegir cómo quiero vivir en los años que dura todo el proyecto. Cada película es, si se quiere, una decisión existencial.
¿Y en el caso de 'La vida de Pi'?
Lo que más me atrajo en este caso fue la posibilidad de contar un tema clásico: la perdida del paraíso. En un sentido general y, si se quiere, metafórico. Lo que me interesaba era relatar el proceso por el cual todos perdemos ese paraíso a medida que crecemos. Aunque pueda sonar un poco naïf o ingenuo: crecemos para hacernos malos. [Se ríe] La pérdida de la inocencia es la historia de la humanidad. La vida, de algún modo, se convierte luego en una búsqueda de esa inocencia original. Nos pasamos la existencia buscando algo en lo que creer. Aunque buscar ese sentido original, todo sea dicho, puede llegar a ser bastante decepcionante. En eso consiste vivir y de eso habla 'La vida de Pi'.
¿Qué aprendió sobre usted mismo haciendo esta película?
Sobre todo he aprendido a trabajar solo. Así de banal. Esta película es una nueva aventura en mi carrera. Soy productor y me he empapado de la parte empresarial. Algo a lo que antes era completamente ajeno. También esto tiene que ver con la pérdida del paraíso. Antes era más un niño que hacía películas y ahora me he visto de frente con el mundo de los adultos. [Se ríe].
Y luego está el 3D. Por primera vez se enfrenta a él...
De hecho, es nuevo para mí y para todo el mundo. Ahora mismo está en una fase completamente experimental y cambia, desde luego, nuestra concepción del acto mismo de ver una película. Las tres dimensiones transforman completamente un lenguaje que tiene más de 100 años. Hasta ahora la pantalla de dos dimensiones era algo sólido, tangible. El director tenía que crear la sensación de profundidad utilizando distintas lentes. Eso cambia radicalmente al dar relieve a la pantalla.
¿Cuál es el cambio más relevante?
El problema es de concepto. De repente, te planteas qué signifique realmente mirar. Así de radical. Al plantearte de nuevo qué se está viendo, llegas a dudar de todo: ¿realmente lo real es real o no es todo más que una ilusión creada por nuestro cerebro? Así de brutal es sentarte detrás de la cámara y volverte a replantear todo lo que has aprendido durante los últimos 20 años. Por ejemplo en las actuaciones, hay un cambio radical. En el 3D cada detalle de la actuación es reflejado con toda nitidez. Hay que decir a los actores que reduzcan la intensidad de su trabajo en comparación con el 2D. Como en el cambio del mudo al sonoro. El 3D cambiará el modo de actuar en el futuro.
¿Qué significa dirigir para usted?
Hacer películas es una buena terapia. La gente me deja tranquilo, puedo estar más concentrado, y casi hasta descanso. Cuando trabajo, puedo pedir que me dejen solo, en paz. No puedo imaginar una mejor forma de vida que ésta. Me gusta hacer películas, es algo que me surge de manera natural. El cine es mi religión. Recuerdo que tras 'Tigre y dragón' pensé seriamente en retirarme, me sentía muy estresado, dudaba de por dónde podía seguir, y carecía de certezas.
¿Le ha vuelto a ocurrir algo parecido?
Con esta película, sin ir más lejos. Me pasó lo mismo que al protagonista de 'La vida de Pi'. Al fin y al cabo, como ocurre en la cinta, todos tenemos un tigre dentro, un Richard Parker [así se llama el felino]. Estamos civilizados, vivimos con los demás, pero hay algo dentro que nos exige estar solos, pelear, hacer lo que nos parezca. Cuando todo eso sale a la superficie nos sentimos incómodos, inadaptados... Y eso me ocurrió.
¿Y como casa su concepción del cine con la exigencia de un negocio tan cruel y despiadado como el del cine?
Todo es igual, no sólo Hollywood. La naturaleza humana tiende al consumismo, al egoísmo, a tener cada vez más cosas, a poseer sin límites. El mundo no es perfecto... De vez en cuando me pregunto por qué no hay más líderes en el mundo, gente inteligente, capaz de orientarnos mejor, que supongan una esperanza real. Se ha perdido la inocencia. Nos conformamos con sobrevivir, y en pensar sólo en nosotros mismos.
Dice que el cine es su religión y el personaje principal de la película se plantea una y otra vez su religión, ¿qué relación tiene usted personalmente con ella?
Mi madre me crió en el cristianismo. Rezaba cuatro veces al día, iba con ella a la iglesia... Así, hasta los 14 años. Durante ese tiempo pensaba mucho en Dios. Al crecer, estuve muy en contacto con mi entorno: el taoísmo, el ying y el yang... y vi que el camino a Dios es misterioso. Probablemente, no podemos encontrarlo, porque, precisamente, está hecho de misterio. Creo que estoy en el limbo [Vuelve a reírse].
¿Se siente como el primer director global?
Es muy distinto rodar en Taiwan o en Los Ángeles. Y lo más interesante es ver cómo los mismos temas son contemplados de manera muy distinta según uno esté en Oriente u Occidente. En Taiwán, por ejemplo, no les interesa tanto saber concretamente qué representa cada personaje, y a vosotros sí. Eso de buscar respuestas concretas a todo es muy occidental. Intento hacer un balance, un equilibrio, entre los dos mundos. En cualquier caso, el mundo occidental tiene que aprender a reconocer la valía de lo desconocido. A veces, no saber es triste, nos causa impotencia, pero hay que respetarlo.

TÍTULO: Costa-Gavras: "Todo el cine es político".

Si hay un cineasta que no podía dejar de dar su visión sobre la coyuntura económica que vivimos ése es Costa-Gavras, que estrena 'El Capital'. Acostumbrado y comprometido con temas de gran sensibilidad social y política, el director habla con El Cultural sobre las entrañas de la crisis, la repercusión en su país, Grecia, y su relación con el cine, en especial con compañeros como Theo Angelopoulos.

 Los bancos robáis a la gente tres veces”, dice un airado personaje en El Capital. “La primera, a vuestros empleados cuando les echáis aun teniendo beneficios. La segunda, a los clientes sangrándolos con vuestros créditos. Y la tercera, destrozando el estado del bienestar porque los países tienen que gastarse todo el dinero en deuda y ya no pueden sufragarlo”.

Parece lógico que Costa-Gavras, el cineasta que durante décadas ha ejercido el papel de conciencia de Europa, aborde una situación que concentra muchas de las iras ciudadanas: “A los grandes dirigentes del mundo de hoy sólo les preocupa el capital, las finanzas”, explica a El Cultural el cineasta. “Estuve a punto de cambiar el título para que no haya confusión con el libro de Marx, pero al final lo dejé como estaba en la novela porque la película habla de eso, de cómo el capitalismo salvaje se ha adueñado de nuestra sociedad”.

Hay que decir que la película está basada en la novela homónima de Stéphane Osmont El capital, escrita en 2004 pero recontextualizada en la crisis económica actual. Está protagonizada por un joven financiero que es ascendido a presidente de un gran banco francés, Marc Tourneil (interpretado por Gad Elmaleh), dispuesto a todo para multiplicar los ingresos de su corporación orientándola hacia los mercados financieros y dejando atrás la época en que ‘solo' se dedicaban a prestar dinero y a los planes de pensiones.

“El cambio ha sido inmenso”, dice el director, “los gobiernos acaban siendo prisioneros de las juntas de accionistas de los bancos, que siempre quieren más. Es un sistema perverso en el que el poder ya no se basa en lo social sino en la codicia de unos pocos. En Francia los bancos están ocupados por cientos de jóvenes que pasan la vida moviendo millones desde su pantalla de ordenador. Veamos una paradoja increíble. El broker Jerôme Kerviel perdió cinco mil millones de euros en una sola semana sin moverse de su sitio especulando con ingentes cantidades de dinero. Al mismo tiempo, el gobierno francés acaba de subir los impuestos a los jubilados para recaudar exactamente la misma cifra. Es un sinsentido”.

Como diría el clásico, se castiga el pecado pero no al pecador. Tourneil, el simpático protagonista de la película, es uno de esos advenedizos que, como Julien Sorel, el héroe de Rojo y negro, logra causarnos empatía porque en su escalada social hay algo de ese mito del working class hero, el chico normal y corriente que logra hacerse un hueco entre los poderosos e incluso tomarse la revancha.

Banqueros y función social

“Es demasiado fácil decir que los banqueros son los malvados del mundo. Hay una parte de su trabajo que cumple una función social muy importante. Además, no cumplen ese papel de villanos en la vida cotidiana. Los vemos constantemente por televisión y en los periódicos, suelen ser personas que hablan muy bien y tienen un aspecto excelente. Los banqueros son ídolos, los gobiernos son los primeros que colaboran activamente con ellos. En ese protagonista he querido también poner una nota de optimismo. Vengo de un país, Grecia, que ha sufrido las mayores desgracias y siempre ha sabido salir adelante. Estamos en un momento muy difícil pero confío en la capacidad del ser humano para remontar y en la decencia de algunas personas que dominan el mundo. Siempre existe una alternativa”.

Costa-Gavras ha destacado por ser un director mucho más preocupado por el contenido que por la forma. Sus películas parten de tramas bien estructuradas, de corte clásico, a veces con un estilo descuidado o esquemático pero siempre con asuntos muy claros: la dictadura militar en Grecia en Z (1969), la política estadounidense en Suramérica en Estado de sitio (1972) y Desaparecido (1982) o el nazismo en Sección Especial y La caja de música (1989).

Al componente de denuncia, siempre muy ligado a la actualidad de cada momento histórico, le acompaña el evidente gusto del director por el drama shakespeariano, las luchas de poder, las conspiraciones, los crímenes y las bajezas de quienes dominan nuestros destinos. Si antes el poder estaba en manos de los gobiernos y los políticos y contra ellos lanzaba sus dardos, que Costa-Gavras los sustituya por los grandes ejecutivos es sólo un signo de los tiempos y de que sigue en forma. “Desde los griegos hacemos espectáculo. Vamos al cine para amar, para detestar, para saber que estamos vivos. Todo el cine es político, todas esas películas de acción de Hollywood son muy políticas, incluso las comedias románticas más tontas. No veo ninguna contradicción entre hacer espectáculo y hacer películas desde un punto de vista político, es imposible escapar a eso”.

Mientras Theo Angelopoulos, el otro gran cineasta griego del siglo pasado, arremetía contra la estética y la narrativa convencional de Costa, éste se muestra mucho más diplomático: “Theo tenía su opinión y la respeto pero no entiendo eso de que para ser de izquierdas haya que renunciar al componente de entretenimiento del cine. Yo hago películas para el público. Él nos has dejado una obra formidable y lamenté mucho su muerte”. La polémica entre estos dos grandes del cine europeo queda zanjada. Tal grado de diplomacia contrasta con el estilo airado de Angelopoulos y concuerda a la perfección con el del propio Costa-Gavras, un hombre de izquierdas moderado, un clásico socialista a la europea, a favor de un capitalismo regulado y del estado del bienestar, como queda claro en la película.

“La caída del comunismo ha sido mala para el capitalismo”, reflexiona. “Cuando había dos bloques los soviéticos actuaban como freno a los excesos del capitalismo. Los gobiernos se sentían obligados a acotar los límites del sistema y a preocuparse por los asuntos sociales. Cuando cayó el muro cayeron con él todas las cortapisas morales. Habían ganado y tenían derecho a llegar hasta el final”. En la película, Costa-Gavras contrapone de forma clara el capitalismo europeo con el estadounidense, cuyos ejecutivos son definitivamente los villanos sin matices. Son cosas, también, de ese esquematismo tan propio de un cineasta para el que siempre ha sido más importante ser claro que preciso.

Con una imponente mata de pelo gris, delgado y aspecto de galán a lo Cary Grant, Costa Gavras es quizá uno de los últimos representantes de ese caballero europeo culto, refinado y preocupado por los problemas del mundo, ese intelectual comprometido a la francesa que hoy está en total decadencia. Parece tan alerta y despierto como siempre: “Las nuevas generaciones te obligan a adaptarte. Me fascina, por ejemplo, su manejo de la elipsis”. Finalmente, la multiplicidad de pantallas a través de las que se mueve el cine actual le produce al veterano director inquietud y, al mismo tiempo, esperanza: “El cine reivindica hoy más que nunca el placer de la imagen. Su mito hay que preservarlo porque tiene un gran futuro”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario