viernes, 12 de octubre de 2012

GRANDES TOROS PARA LOS PEQUEÑOS./ EL AJEDREZ PERDIDO. UNA PARTIDA IMPORTANTE.

TÍTULO: GRANDES TOROS PARA LOS PEQUEÑOS:

Los festejos taurinos tienen cada vez más aceptación en Huertas de Ánimas, dependiente de Trujillo. Prueba de ello son sus fiestas ...
Huertas de Ánimas celebra encierros y capeas infantiles con astados hinchables .

Los festejos taurinos tienen cada vez más aceptación en Huertas de Ánimas, dependiente de Trujillo. Prueba de ello son sus fiestas patronales. Además de las tradicionales capeas, cuentan con encierros. En horario de mañana, hay erales para mujeres y jóvenes mayores de 16 años. En horario de tarde, se torean vacas y toros para adultos.
El público infantil tampoco se queda sin esta iniciativa.
Como la normativa regional no deja participar a esos menores en capeas, la comisión de fiestas fomenta esta tradición con unos encierros muy especiales. Los animales que se utilizan son de gran tamaño y tienen cuernos. Sin embargo, sus cogidas no producen ningún daño. Se trata de toros hinchables.
Esta actividad se llevó a cabo ayer por cuarto año consecutivo con una gran participación tanto de niños como de mayores a pesar de la presencia de la lluvia en algunos momentos del día. «Queremos que estos festejos se vivan desde pequeños para que no se pierdan, ya que las capeas en Huertas tienen unos 200 años de antigüedad», señala uno de los organizadores, Francisco Hueso.
A estos particulares encierros no le faltó ningún detalle, como si hubiese animales de verdad. En primer lugar, los más pequeños cantaron a la patrona de Huertas, la Virgen de Rosario, para que les diese su bendición, al estilo de los Sanfermines de Pamplona.
A partir de ahí, niños de diferentes edades, muchos de ellos acompañados por sus mayores, salieron a correr por el itinerario ya acotado, en dirección a la plaza de toros portátil. El objetivo era evitar cualquier cogida. Los menores de mayor edad no dudaron en hacer recortes. Durante el recorrido, estos 'grandes' astados se iban deteniendo en algunos grupos de amigos donde había niños con cara de susto.
Una vez en la plaza, los toros se guardaron en los chiqueros, para dar comienzo a la capea. Hubo pases con capas, recortes e, incluso, alguna cogida. Mientras los astados corrían detrás de estos jóvenes toreros, numerosos mayores inmortalizaron esos momentos con sus cámaras. Eso si, tampoco se libraron de las astas de los toros hinchables. Todo ello se completó con juegos.
Algunos vecinos aseguraron que esta actividad es más divertida que cualquier capea de verdad. Otros participantes destacaron que la iniciativa ha sido un entrenamiento para cuando los niños sean mayores y puedan participar en los festejos taurinos de por la tarde. La peculiar capea contó también con público en las gradas e, incluso detrás de la barrera. El objetivo era evitar el atropello de los pequeños. Tras la finalización de esta capea, los pequeños volvieron a llevar a los animales, como es tradición, con un nuevo encierro a los corrales donde comenzó la actividad.
Los adultos toman hoy el relevo con las capeas y los encierros con astados de verdad,.

TÍTULO: EL AJEDREZ PERDIDO. UNA PARTIDA IMPORTANTE.


Érase que se era un peón de ajedrez que, paso a paso, tras un desatado esfuerzo, alcanzó la octava fila. Allí, en aquel lugar privilegiado y seguro, empezó a dudar. Según las leyes ajedrecísticas, había alcanzado el mayor de los honores posibles: cambiar de estatus, obtener el poder más apreciado, después del Rey. Pero ahora no sabía si transformarse en Caballo, Alfil, Dama o Torre. El objetivo común de todos sus camaradas era ganar de forma elegante o contundente la batalla. Al parecer, no cabía otra alternativa sino recurrir a un minucioso análisis antes de tomar una decisión de la que dependía su destino y el de sus colores.

Observó con interés la posición de las piezas en el tablero. Su mente dibujó cuatro o cinco escenarios finales, tal vez favorables. Desfilaron por su imaginación decenas de variantes, algunas absurdas y todas ellas insuficientes en comparación con el número casi infinito de movimientos posibles. Al cabo de un rato, agotado e inseguro, fueron las figuras mismas, sus compañeras de equipo, las que llamaron su atención. Otras consideraciones inesperadas, fruto tal vez del cansancio o de un gigantesco hastío disimulado hasta hoy en su corazón, se revelaron inoportunamente.

Transformarse en Caballo no le hacía mucha gracia: eso de mudar de color a cada salto se le antojaba voluble y oportunista. Decidirse por el Alfil era una solución incómoda: el Alfil tiene un carácter oblicuo y misántropo; no quiere cuentas con el otro Alfil, a quien se dice que nunca ha podido ver. Si se convertía en una poderosa Dama, le cambiaría la voz y el carácter, y no se hallaba anímicamente preparado para ello. Por último, decantarse por la Torre, tan pesada e inelegante, no lo veía demasiado claro.
Comenzó a pensar que lo que anhelaba de verdad no era coronar en la octava fila, sino el sencillo imperio de un peón; que ambicionaba sólo su propio señorío, moverse en libertad cuadro a cuadro, proteger a otras piezas, establecer una base de operaciones para el caballo o el alfil; que aspiraba a la autoridad de un peón aislado, avanzado, retrasado, bloqueado, pasado, semipasado, colgante o envenenado; que únicamente pretendía comer en diagonal o al paso. En aquel mismo instante, habría renunciado a la gloria, habría retrocedido sobre sus huellas para mostrar el descubrimiento a sus iguales y así, entre todos, cambiar aquella absurda regla del juego que exigía a los peones dejar de ser ellos mismos cuando alcanzaban la última frontera; pero los peones, como se sabe, no pueden volver atrás.

El peón de ajedrez quedó, pues, otro buen rato meditando en el tablero, sopesando los pros y los contras de su determinación.

De pronto, le sorprendió el reloj. La aguja implacable dejó caer la bandera.

— Lo siento, señor — el árbitro colocó las clavijas a la misma altura y detuvo el reloj de doble esfera —. Ha perdido.

El hombre salió de su estupor. Miró un momento aquel rostro de seminarista entrado en años, observó la silenciosa sala de juego, examinó la silla vacía de su oponente. Antes de firmar la planilla que el juez del torneo le ponia por delante, volvió sus ojos al heroico peón en la casilla a8. Ya era tarde. El peón había perdido como se pierde siempre la única y verdadera partida: por tiempo. Foto de una partida empezada de ajedrez sobre el tablero.
 
 

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