domingo, 15 de septiembre de 2013

EL BLOC DEL CARTERO, SILENCIO POR FAVOR , ARTURO FERNANDEZ,./ LA CARTA DE LA SEMANA, Regli, brujería en El Brillante,.

TÍTULO; EL BLOC DEL CARTERO, SILENCIO POR FAVOR , ARTURO FERNANDEZ,.
 

Polémicas declaraciones,.
Arturo Fernández en una imagen de archivo.

Arturo Fernández no haría de mendigo porque "se te puede pegar"

Al actor le gustan los papeles "de multimillonario", porque permiten decorados "en los que todo huele a Channel"
Arturo Fernández en una imagen de archivo.

El actor Arturo Fernández vuelve a estar en el centro de la polémica tras unas controvertidas declaraciones que ha realizado durante una entrevista con EFE.
Fernández habla sobre la situación económica y política que atraviesa España, y afirma que no se arrepiente de haberse burlado de quienes secundaron la última convocatoria de huelga general, a los que llamó feos, y ha señalado que las redes sociales le importan "un carajo".
"No se puede tolerar, en los momentos que estamos viviendo, que los sindicatos se inventen una huelga general por la sencilla razón de que este Gobierno les ha quitado el 60% de las subvenciones", subraya, para señalar que él "les quitaría todo para que vivan de sus afiliados".
Respecto al incremento del IVA cultural, reconoce que "ha dañado" el mundo de la cultura, pero supone que el Ejecutivo "no lo habrá hecho aposta para perjudicar al espectáculo. Todos tenemos que apretarnos el cinturón y también nosotros".
Interpretar a un mendigo
El actor asegura que no está en absoluto hastiado de su perpetuo papel de galán en el cine, en el teatro y en la pequeña pantalla: "Lo bello nunca cansa; a mí me cansaría lo cutre, el mal gusto, sería incapaz de actuar de mendigo en un escenario pobre, porque eso se te puede pegar".
Por el contrario, advierte, le gustan los papeles "de multimillonario", porque permiten decorados "bellos en los que todo huele a Chanel número 5", aunque no reflejen en absoluto la vida real, y considera que "el obrero sagaz lo que pretende es llegar a ser un burgués y, si él no lo consigue, quiere que lo logren sus hijos".



Me he dejado caer con cierta y feliz asiduidad por El Puerto de Santa María a lo largo de estos días de calorina y ajetreo. Uno se monta en Los .

Me he dejado caer con cierta y feliz asiduidad por El Puerto de Santa María a lo largo de estos días de calorina y ajetreo. Uno se monta en Los Amarillos en Sanlúcar y aparece al cabo de veinte minutos cerca de la plaza de toros portuense. Sí, aquella de la que dijo Joselito tal y tal. Y se deja ir con el arrullo de los viejos vinos, de todas las soleras, de los olores a bodega con nombre de historia: Colosía, Osborne, Caballero, Lustau. Se aprovecha para echar un ojo y un paladeo al Gourmet de Manolo y Paquita, se cruza después la calle Zarza y se recala en Bodegas Obregón a masticar el oloroso que cría con mimo Manolo, se pasa uno por La Cata Ciega a descubrir algún que otro tinto secreto, se va después a despacharse a gusto a la barra o a una mesa de Los Portales, a la de Casa Paco, al Colmao que ha reabierto Antoñín -el de Ca'Antoñín-, a la Bodeguilla del bar Jamón... y luego decide uno comer, si es que no ha tenido suficiente con lo anterior.
Y aquí se pueden tomar varias decisiones; muchas de ellas, correctas. Si se quiere experimentar con la imaginación que es capaz de desarrollar un alquimista de la cocina, basta con acercarse a A Poniente, el acudidero de Ángel León, un mago del mar, o dejarse caer en el clasicismo renovado de El Faro de El Puerto, que no falla así le pongas a prueba... O irse a por Regli, María Regla Reyes Alcedo en los papeles del seguro, la mano bruja que mece la olla del bar El Brillante. Cuenta en su deliciosa página en la Red José María Morillo (El Puerto de Santa María, sus gentes y sus habitantes) cómo don Eugenio Mena abrió un despacho de vinos a comienzos del siglo pasado en lo que eran las cuadras de la pensión Las Columnas, junto al hoy afamado mercado de abastos. Hoy es su nieto Antonio quien lo regenta. Es un bar peculiar, angosto, sabroso e inalterable, como gordo es el propietario, cargado de gracia y de contundencia, al igual que el vino que cría en su casa y que sirve generosamente frío. Antonio casó con una chipionera que o bien venía enseñada en cosas de cocina o bien aprendió por aquello de que a la fuerza ahorcan. En cualquiera de los dos casos, yo me la llevaría a dar clases a todas las escuelas del mundo y obligaría a los mejores chefs a encerrarse con ella una mañana en el cubículo mínimo que hace de cocina y al que se asoma El Gordo desde la barra pronunciando las palabras mágicas con su vozarrón de barítono acatarrado: «Regliii, ¿qué hay hecho por ahííí?». Es inútil elegir. El bacalao al pilpil es, de largo, el mejor que he tenido el gusto de degustar. Los caracoles, a decir de los aficionados -yo no lo soy-, no tienen competencia y cualquier pescado que se oferte tiene la garantía del mercado colindante. En realidad tiene esa garantía y la del ojo de Antonio, que criado puerta con puerta sabría distinguir incluso aquellos pescados con los que algunos placeros quisieran tangarte, cosa que puede ocurrir en cualquier parte.
Regli fríe con un portento desusado hasta los ostiones, reboza la merluza como si se acabara de descubrir, elabora guisos marineros de antaño, como los hacía Pomares, el cocinero de alta mar cuya fama cruza los mares de medio mundo y que no hace mucho cruzó las últimas aguas del adiós. Y cuando ya uno cree que nada hará crecer su asombro, cuando han sido comidos el menudo, las albóndigas, el adobo o las manitas, llega el atún de almadraba en manteca, inesperada combinación de pez y cerdo -más alguna especia- que deja perplejo a cualquiera. Después de Regli es muy difícil otra cosa que no sea la satisfacción por trastear en su barra, escuchando a su parroquia y preguntándose qué tienen unas manos como esas para conseguir el milagro de lo inalcanzable. De nuevo a Los Amarillos y vuelta a la desembocadura del Guadalquivir (cualquiera conduce después de todo eso). Y que sea lo que Dios quiera.


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